Nora Cobe
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El cuaderno queda en pausa por viaje al exterior
Palabra y mirada de autor
Ven a mirar conmigo
el final de la lluvia.
Caen las últimas gotas como
diamantes desprendidos
de la corona del invierno,
y nuevamente queda
desnudo el aire.
Pronto un rayo de sol
encenderá los verdes
del patio,
y saltarán al césped
una vez más los pájaros.
Ven conmigo y fijemos el instante
-mariposa de vidrio-
en esta página.
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Igor Mitoraj
El hombre de los ojos
Atormentados,
Que ha mirado mil auroras del mar
Desde las grandes proas,
Tiene el secreto
De las neblinas, las compactas y húmedas neblinas;
tiene el secreto de las claridades,
De las muy anchas, de las ilimitadas claridades
que estallan como granizadas
Sobre los barcos clavados y desclavados
En los planos soleados de los días.
¡Los barcos que alzan sus ojos en la noche
Cual surcos conmovidos, ardientes y sedientos
De las semillas
De los cielos lejanos!
El hombre de los ojos
atormentados,
Sabe todos estos secretos;
Y al estrechar mi mano con la cordialidad
De las almas supremas,
Me ha entregado el don de los horizontes;
Me ha iniciado en las expansiones;
Me ha libertado de los cuatro puntos cardinales,
Y del bien y del mal;
De mi ciencia de biblioteca,
De mis pequeños sueños de orangután civilizado.
¡Él, el hombre salvaje,
Me derramó su olor marino
Sobre mi olfato torpe que vive en las alcobas!
¡Él, el hombre salvaje me ha traído la música
De las islas bienaventuradas,
En su silencio abismal
Y en sus palabras pintorescas,
Alegres, puras,
De una elevada, de una cósmica simpatía!
Él, el hombre salvaje,
que ha reído con las olas del mar;
que ha llorado con las olas del mar;
que ha sufrido el asombro y el espanto
Frente a las tempestades
que hacen y deshacen los mundos
Y destrozan ciudades y amplían las hogueras
Con sus gritos tan rojos;
Él, el hombre salvaje
Me ha dejado oír los órganos profundos
De su alma golpeada por las visiones de la inmensidad;
Y éste mi corazón se ha agitado en el sueño
Del universo;
Porque el alma y el corazón del hombre salvaje
Trae el múltiple canto del mar y de los astros
Y los abismos altos y los abismos bajos;
Las expansiones y las desolaciones
Prendidas a la rueda del universo.
Él, el hombre de los ojos
atormentados,
que ha mirado mil auroras del mar,
Me ha desclavado de las calles grises
De mis hábitos viles de hombre civilizado
que nada tienen que hacer en mi destino
En mis pies, en mis manos
Ni en mis ojos hambrientos
De una proa, de un astro y de una aurora.
¡Ahora yo también soy un hombre salvaje!
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Poeta argentino, periodista, miembro del Grupo Martín Fierro nacido en la Besarabia rusa hoy Rumania, 1898 – y fallecido en el Hospital Psiquiátrico Borda de Buenos Aires en 1970
Historia de un poeta marginado
Fijman –Un ángel en el hospicio-
Ella anuda hilos entre los hombres
y lleva de aquí para allá la mariposa profunda
-ala del paisaje y del alma de un país, con su polen...
Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su
perfume...
a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.
Testimonio involuntario, ella,
de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,
en que la circunstancia da su hálito. ..
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Quizá el amor es simplemente esto:
entregar una mano a otras dos manos,
olfatear una dorada nuca
y sentir que otro cuerpo nos responde en silencio.
El grito y el dolor se pierden, dejan
sólo las huellas de sus negros rebaños,
y nada más nos queda este presente eterno
de renovarse entre unos brazos.
Maquina la frente tortuosos caminos
y el corazón con frecuencia se confunde,
mientras las manos, en su sencillo oficio,
torpes y humildes siempre aciertan.
En medio de la noche alza su queja
el desamado, y a las estrellas mezcla
en su triste destino.
Cuando exhausto baja los ojos, ve otros ojos
que infantiles se miran en los suyos.
Quizá el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y olvidarse.
Cada uno permanece siendo él mismo,
pero hay dos cuerpos que se funden.
Qué locura querer forzar un pecho
o una boca sellada.
Cerca del ofuscado, su caricia otro pecho exige,
otros labios, su beso,
su natural deleite otra criatura.
De madrugada, junto al frío,
el insomne contempla sus inusadas manos:
piensa orgulloso que todo allí termina;
por sus sienes las lágrimas resbalan...
Y sin embargo, el amor quizá sea sólo esto:
olvidarse del llanto, dar de beber con gozo
a la boca que nos da, gozosa, su agua;
resignarse a la paz inocente del tigre;
dormirse junto a un cuerpo que se duerme.
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Córdoba, España (1937)
Geraldine George
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I
Buscabas una, no todas, una palabra en la cual escucharnos, desde la cual llegarnos a decir; podría haber sido la palabra “fuente”, pero no era “fuente” ni era una fuente en la que nadie se hubiera mirado: una fuente sin nombrar. Era la palabra que faltaba en cada historia leída, la que había quedado sin narrar en todas las historias escritas, era la ausencia que hacía del punto final de todos los libros una caravana infinita, un infinito punto de suspensión, un infinito suspendido en cada final.
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II
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Hablábamos hasta la sed, hasta el grito en que callan los sedientos (el grito con que los náufragos tragan el agua que los traga), después callamos pero tampoco fue el silencio (esa evasión de los que no hablan, eso que se evade cuando hablamos).
Buscábamos la palabra en la forma de hueco de esa palabra en todas las palabras, el hueco que hace de toda palabra un eco de ese hueco. Buscabas –lo dijiste cuando ya llorábamos- la palabra que no dice nada, la que se dice a sí misma en toda palabra que no la dice, en la que nos decimos para no llegarnos a nombrar.

¿Dónde oculta el peligro sus lobos amarillos?
No hay ni siquiera un pliegue en la corriente inmóvil que tapiza este día;]
ni un zarpazo fugaz contra el manso ensimismamiento de las cosas.]
Ninguna dentellada;
nada que abra una brecha en estas superficies que proclaman su lugar en el mundo:]
mis dominios inmunes,
mi pequeña certeza cotidiana frente a las invasiones de la oscuridad.]
Y sin embargo surge la amenaza como un fulgor perverso,
o como una estridencia sofocada;
quizás como un latido a punto de romper la frágil envoltura de las apariencias.]
Ha cundido la impía rebelión en mi tribu doméstica,
acostumbrada antes al ritual de mis manos y a la mirada que no ve.]
Los objetos adquieren una intención secreta en esta hora que presagia el abismo.]
Exhalan cierto brillo de utensilios hechos para la enajenación y el extravío,]
contienen el aliento para el ataque indescifrable,
transforman sus orificios en esta exasperada, malsana geometría del suspenso.]
Son gárgolas ahora.
Son ídolos alertas en muda interrogación a mi poder incierto.
Se ha cambiado la ley:
mis posesiones me presencian.
Se han mudado los credos:
el bello acatamiento se extingue bajo el sol de la sospecha.
Y ninguna palabra que devuelva las cosas ilesas a sus humildes sitios.]
Y ningún catecismo que haga retroceder esta extraña asamblea que me acecha,]
este cruel tribunal que me expulsa otra vez de un irreconocible paraíso,]
recuperado a medias cada día.
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Olga Noemí Gugliotta, (Argentina 1920-1999)
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